LA PASIÓN RAYONISTA DE NATALIA GONCHAROVA

Esta mañana el primer tuit artístico que he escrito ha sido el del aniversario del nacimiento de esta pintora rusa. Ya había pasado por su obra de soslayo, cuando preparaba con mimo mis clases  para bachilleres en el museo Thyssen Bornemisza, referente clave en la capital para sondear todas estas vanguardias, y donde trabajé durante una temporada que os puedo asegurar fué maravillosa para mí.

Una de mis obras favoritas del museo: Pissarro, cronista urbano en ese momento de lluvia, magistralmente captada, así como la atmósfera.

Una de las cosas en que incido antes de penetrar en el apasionante y arriesgado panorama de las vanguardias es en la necesidad de ponerse un poco “en la piel” del artista, tratar de empatizar con los momentos históricos, artísticos e incluso personales que les conducen a crear, a pintar y expresarse de un modo u otro.

Y otro de los aspectos que trato de remarcar es que cualquier opinión es válida ante una obra de arte, cualquier sentimiento que suscite la contemplación de estos retazos de sus experiencias vitales que quedan, a veces hechos jirones sobre el lienzo.

 

 

Franzie ante una silla tallada de Kirschnner. Una interpretación asombrosa. ¿Porqué la pintó así? Esos colores prefiguraban la monstruosidad de vida que estaba obligada a llevar. ¿No es maravillosa?

Y en tercer lugar tendremos la valoración estética, esto es, si nos gusta o no, entendiendo que la belleza o la emoción es algo subjetivo, y que no tiene que ser uniforme en todos gracias a Dios. En la diversidad está la riqueza.

Tras esta disquisición metámonos en la vida de nuestra protagonista de hoy: Natalia Goncharova. Nació en Ladyzhino, Tula, siendo de las primeras pintoras y escenógrafas rusas de vanguardia. A los diecisiete años abandona su pueblo natal, y marcha a Moscú, sede de sus anhelos desde niña, donde se matricula en la Escuela de Arquitectura, Escultura y Pintura.

Nuestra protagonista

Fué en esa escuela, y al abrigo de su pasión por el arte donde encontró a su otro gran amor, que sería su marido: Mijaíl Larionov.

Fascinada como estaba por el incipiente movimiento de la vanguardia histórica estudió con atención el impresionismo, puntilllismo, simbolismo y fauvismo. Estas influencias se ven perfectamente reflejadas en sus obras de juventud.

Explosión fauvista en “Gradiva” Colección Carmen Thyssen, Museo Thyssen Bornemisza.

La expresividad fauvista y simbolista encontró cauce en sus pulsiones, aunando a ella  otra de las debilidades de Natalia: el arte tradicional, el folklore de su tierra, desde el arte popular a los iconos y los “lubki”, esto es, grabados tradicionales en planchas de madera.

Curioso lubki, grabados o relatos rusos.

Entre 1907 y 1908 su estilo fué expresivo, sencillo y lleno de color, característico del llamado neoprimitivismo de la época, al que se sometió, hechizada por su simplicidad aparente y por su fuerza.

Danza campesina.

En 1912 participó en la organización de la exposición La cola del burro que se celebró en Moscú y constituyó la cumbre del neoprimitivismo en Rusia. Fué en ella donde, influenciado por el cubismo y el futurismo italiano, Larionov publicó su manifiesto rayonista, cuyo principio básico,es  la interacción de los rayos de luz en torno a los objetos, lo que llevó a Goncharova a crear algunas obras rayonistas que incorporan elementos angulares y astillados, como es el caso de Gatos

Gatos. Solomon Guggenheim colection

En otoño de 1913 creó la escenografía y el vestuario para Le coq d’or que Sergei Diáguilev estaba produciendo para los Ballets Rusos, y cuya magnífica muestra en CaixaFórum tuvimos la fortuna de disfrutar. Su relación con el empresario ruso hizo que en 1915 abandonara Rusia para trasladarse a Lausana. En 1918 fue a París, donde residiría ya el resto de su vida junto a Larionov.

Uno de los decorados que hizo para Diaghilev, absoluta joya. Percibimos la influencia del simbolismo, y su pasión por el folklore.

Continuó trabajando para Diáguilev hasta la muerte de éste, en 1929, y partir de entonces diseñó escenografías para óperas y ballets, principalmente en París y Londres, sin dejar por ello de pintar y exponer su obra.

Otra maravillosa escenografía salida de sus pinceles.

Las pinturas de su última época tienen un estilo que recuerda su fase neoprimitivista, pero sobre todo imperó el rayonismo.

El rayonismo fué su pasión, el hilo conductor de su trayectoria hasta su muerte

Una mujer increíble, que luchó en aquella Rusia aún algo primitiva, por abrirse paso en un mundo de hombres.

Desde aquí le rendimos este homenaje.

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